COLORES VIVOS

Colores Vivos

A punto de agotarse los adjetivos de que disponemos para referirnos a la ciudad (crítica, densa, próxima, sostenible, histórica…), ninguno ha conseguido la fuerza sensible y evocadora que han alcanzado los términos cromáticos, un fenómeno que sin duda tiene que ver con la capacidad de emoción viva que tiene el lenguaje del color.  La experiencia urbana construye un lugar mental, que queda articulado por los planos perceptivos de su origen. A la importancia visual del color corresponde la trascendencia de los paisajes cromáticos en la memoria. Cuando la forma expresiva consiga establecer la conexión justa, la solidez del vínculo creado asegurará la persistencia, incluso como imaginario colectivo, de determinadas asociaciones: “En la ciudad blanca”, “El barrio rojo”,…

16 MILLONES DE COLORES

Cada vez más, seguimos interrogándonos, fascinados, acerca de las condiciones en que se produce esa sintonía excepcional entre percepción y lenguaje. De los mecanismos y las fronteras de aquello que Arnheim denominó en acertada síntesis “pensamiento visual”.  Porque, lejos de lo obvio, el tema muestra toda la complejidad del hecho de la comunicación. Podemos designar, con la precisión de la correspondiente notación numérica, cada uno de los millones de colores que es capaz de reproducir la tarjeta gráfica de nuestro ordenador de trabajo, pero solamente seremos capaces de diferenciar, de percibir, algunos de ellos. La atención reflexiva del Wittgenstein de Observaciones sobre los colores, atraído por las posibilidades que el hecho del color ofrecía para la discusión lingüística, no hubiera pasado por alto esta paradoja. Referido al ámbito de la arquitectura, en su relación básica con el color, abre el debate sobre su presencia en las diferentes fases del proceso de creación, desde los fundamentos conceptuales a la ejecución material y la habitación.

C-PRINT

Para uno de los vértices más productivos de ese debate, la tensión entre representación y  percepción, nos parecen especialmente sugerentes las nuevas formas de representación de la ciudad. La propuesta de Galen Minah, de la Universidad de Washington, utiliza el color como medio para el registro de la experiencia, convirtiendo la visión de los peatones de la ciudad en un valor central para el diseño urbano. Sus dibujos muestran las arterias de tráfico en amarillo, en distintos grados de saturación, indicando el volumen y la fluidez. El movimiento de los peatones se muestra en trazos paralelos, en colores más oscuros, según su volumen. Frente a  cada inmueble, un rectángulo de color, correspondiente a las actividades que dan vida a la calle. Los diagramas de actividad se combinan con mapas de la experiencia.  La iniciativa gráfica persigue asemejar la nueva cartografía a las alfombras-jardín del antiguo Kurdistán, que pretendían representar tanto la realidad física como la experiencia del jardín, uniendo en la representación espacio real y sensorial.

En su siempre interesante blog, Metalocus nos proporciona otro ejemplo pertinente: The Geotaggers’ World Atlas. Un conjunto de mapas de movilidad que representan en diferentes tonos y densidad de color los datos referenciados de la localización de las imágenes tomadas en dichas ciudades, a partir de la información de algunas de las bases gráficas más populares de Internet.

Movilidad, actividad, energía… los términos que caracterizan una época y sus temas centrales se reflejan en su forma de representar la ciudad. Dado el carácter relativo de la propia noción de analogía, los criterios visuales seleccionados para la representación son convenciones que pertenecen a un tiempo, del mismo modo que el objeto representado.

El color, recurso fundamental para la expresión gráfica, no es ajeno a esos cambios. Vinculado a un espacio-tiempo determinado, forma parte de éste y llega a entenderse con él. Como saben bien los directores de fotografía en las películas del género histórico, se trata de un medio extraordinariamente eficaz para generar en el espectador la sensación de estar asistiendo a lo que ocurrió en un momento del pasado. La inglesa y el duque (E. Rohmer, 2001), con sus colores primarios y secos que evocan las acuarelas conservadas en el Museo de Carnavalet de París, o La reina Margot (P. Chéreau, 1994), excesiva en su imitación barroca de la pintura del tenebrismo, servirían para ilustrar esta afirmación.

Para la representación de la arquitectura, el color en la fotografía supuso una auténtica revolución, que cambió los propios cánones de la comunicación del hecho construido.  En las instantáneas de Julius Shulman,  una paleta y una luz características quedaron definitivamente unidos a una determinada idea de la arquitectura y la sociedad americana. Porque los arquetipos del consumo visual forman parte de los universos imaginarios, que integran expectativas sociales, modelos colectivos y tendencias de moda. Si fuera cierto que las imágenes contienen siempre estas escenografías plásticas reveladoras de una sociedad, no nos dejaría en demasiado buen lugar la obsesión de los arquitectos porque los fotógrafos ofrezcan cielos saturados irrealmente -polarizados y viñeteados hasta el extremo-, en los que se recortan las aristas puras de los volúmenes limpios con la luz del amanecer, donde las perspectivas infinitas son un valor visual -aun cuando están mostrando la degradación de la trama urbana- y nada dificulta la lectura simple y tópica del objeto arquitectónico representado.

COLOR GRATUITO: EL PRECIO DEL FUTURO

Planteamos, entonces, que la utilización que del color hacemos en las diferentes fases del proyecto es reveladora de nuestra idea de arquitectura y ciudad. Como los antiguos habitantes del Tibet que, según la investigación de G. Ortiz, creían que la Tierra era una gran montaña, llamada Semur, similar a una pirámide inacabada, con cuatro caras de diferente color: norte-amarillo, sur-azul, este-blanco, oeste-rojo.  En el mismo tiempo de la percepción y la representación construimos –de manera cromática- nuestra concepción del espacio habitado. Podría apuntarse, con cierta facilidad, que la arbitrariedad, la falta de fundamento o el carácter aleatorio son las consecuencias lógicas de una sociedad fragmentaria, superficial, epidérmica, que ha hecho del carácter efímero y la caducidad infinita sus señas de identidad, también en lo visual. Lo confirmarían, en otros sentidos, la tentación por lo fácil, el refugio seguro del blanco y los tonos suaves, la flexibilidad correcta de lo ambiguo.

Sin embargo, si la conclusión fuera simplemente ésta, estaríamos olvidando el factor más principal de la argumentación: el tiempo. En la observación apresurada resulta fácil perder el sentido de la escala de lo que está ocurriendo. En muy distintos niveles: en la ruptura de la dependencia entre material y entorno, en la accesibilidad a una desconocida variedad de soluciones y productos, soportes y acabados, en el cambio que lleva consigo la generalización de los nuevos medios de expresión y ejecución, en definitiva, en un nuevo mundo de posibilidades y recursos que con un ritmo también sin precedentes se van incorporando a nuestra manera de pensar e intervenir en la ciudad. Estamos aprendiendo un nuevo lenguaje, con signos y normas que hasta hace poco nos resultaban desconocidas.

Vivo: vívido y profundo, que no quiere decir denso ni opaco ni chillón. En la base de cualquier comentario equilibrado sobre este tema no puede esconderse la realidad más evidente: el color tiene que ver con la vida, porque forma parte de ella. Está presente en todos sus ámbitos, y lo está, aunque se pretendiera negarlo, en todos los elementos de la intervención arquitectónica. Apostar por la expresión cromática es subrayar la relación entre lo vivo y lo intenso, lo profundo, por lo convencido, las apuestas contundentes, los lenguajes sinceros o el reconocimiento de una realidad llena de matices y tonalidades cambiantes. Con la asunción de la oposición y el contraste. En una arquitectura que tenga que ver con la vida, y que, por tanto, esté abierta a las transformaciones que conlleva su contemporaneidad; atenta a las posibilidades que le ofrece el lenguaje del color, desde su fundamento creativo -desde el concepto y la arquitectura dibujada-, hasta la consideración de los medios urbanos como ámbitos de procesamiento sensorial, donde hay que valorar planos de significado tan diferentes como la identidad social, la condición bioclimática y de eficiencia energética, o la interacción sinestésica: una ciudad de ecos, texturas, reverberaciones y aromas.

Del Proyecto de Investigación: CO3. Hacia una nueva relación entre arquitectura y color en Andalucía.


Publicado en La Ciudad Viva (2011):     http://www.laciudadviva.org/blogs/?p=10066

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